miércoles, 4 de febrero de 2015

DE TINTA Y DE LIBROS


De tinta y de libros

Navegando en el océano de páginas
me sumerjo en el mar de las palabras,
para ir en pos de universos escondidos
que en la tinta tienen su vida y su alma.

Viajar a tierras muy muy lejanas
a épocas y momentos ya perdidos,
que siguen estando más que presentes
en un mundo hecho de tinta y de libros.

Cosmos creados y por crear
de la fantasía y de los sueños hijos,
que nacieron para elevarnos más allá
de donde han podido nuestros ojos finitos.

Y ver el valor de los héroes, y verles
también Llorar como niños,
y sentir lo que aquellos sienten

cada vez que tomo en mis manos un libro.

Autora: Alexandra Petrovic Jimenez

martes, 3 de febrero de 2015

CUARTA ENTREGA DE ¡AYUDE A SU HIJO A LEER MEJOR!

¡PRÉSTELE ATENCIÓN POR FAVOR!



     ¡Qué alegría experimentará el niño que empieza a leer al ver que sus padres se interesan por lo que él lee!
    Leer en voz alta para sus padres es un placer para el niño.
  Recuerde: siéntese cómodamente y escuche pacientemente y complacido mientras él lee.
    No haga otra cosa mientras tanto, especialmente cuándo el niño está aprendiendo a leer.
  Préstele atención al niño durante un rato, elógielo y estimúlelo.
¡Le encantará leer para usted!

Bowdoin, Ruth, María E. Cavagnis, María Betancour, y Clara Camacho. (1984)
Los Padres son Maestros. Ayude a su hijo a leer mejor. Vol. 8 
Educar Cultural Recreativa, Bogotá Colombia.

EL HIPOCONDRÍACO

RELATO
Llegó el hipocondríaco al consultorio médico, y habló con urgencia a la señorita que desde su escritorio apuntaba a los pacientes en un grueso libro en cuyo encabezado se lee: citas del día de hoy Dr. Hernández.
-Buenos días señorita disculpe, ¿hay espacio en la lista para hoy?
-Mmmmm… déjeme ver… si hay, un paciente canceló su cita, ¿lo anoto?
-Si por favor hágame la caridad que estoy urgido por que el doctor me vea.
-¿Trae usted alguna referencia médica?
-Claro, claro, por supuesto –dijo moviendo de un lado al otro una vieja y amarillenta carpeta plástica raída por los bordes llena de papeles –¿tengo que esperar mucho?
-Pues está de último en la lista –respondió con naturalidad la morena desde el otro lado.
-¿Y qué número me tocó? –insistió el hipocondríaco.
-El veinte –mirando su lista.
-Ah… y ¿a qué hora llega el doctor?
-A las diez de la mañana.
El hombre miró su reloj que marcaba las ocho y abrazó la carpeta con fuerza.
-¿Qué? Para esa hora ya puedo haber sufrido un ataque, ¿se da usted cuenta?
-Señor, no puedo hacer nada más por usted –contestó irritada la secretaria -¿va a esperar? o anoto al próximo paciente que cruce por esa puerta.
-Sí, si voy a esperar.
El hombre se sentó en las sillas de metal, éstas le parecieron muy duras y frías, se incorporó y fue a acomodarse en las acolchadas del otro lado de la salita de espera.
-Es que no puedo sentarme en algo tan duro –Comentó a un caballero que tenía al lado –Es por mi escoliosis.
Se acomodó una y otra vez de un lado y del otro pero de ningún modo se halló cómodo, volvió a levantarse y probó con otra y así pasó las horas hasta que no hubo silla en el consultorio en la que no se hubiera sentado porque como a ricitos de oro en la casa de los osos o estaban muy duras o eran muy blandas así que cuándo lo llamaron a consulta ya era un experto en el mobiliario de la sala.
-Pase adelante ¿en qué puedo ayudarle? –Dijo el médico quien era un hombre entrado en años y de muy buen carácter.
-¿Es usted el doctor Hernández?
-Si…
-Doctor usted tiene que ayudarme creo que estoy al borde de un derrame cerebral –Prosiguió con angustia.
-Cuénteme ¿ha sentido adormecimiento en el brazo o la pierna izquierda? –Comenzó interrogatorio con tono afable.
-No.
-¿Hormigueo en la cara?
-No.
-¿Debilitamiento?
-No.
-¿Pérdida de memoria repentina?
-No.
-¿Pérdida del equilibrio o la coordinación?
-No.
-¿Ha tenido problemas para hablar o comprender?
-No.
-¿Repentinos y frecuentes dolores de cabeza?
-No, pero ayer me caí en el baño y me golpee muy fuerte en la cabeza, por eso le digo que puedo tener un coagulo y eso podría darme un ACV –Contestó convencido el hipocondríaco.
-Ah… ya veo… -Dijo mientras se dibujaba una sonrisita disimulada en su rostro -¿Y ha tenido dolor desde ayer?
-Sí.
-Déjeme ver –Continuó el galeno acercándose al hipocondríaco y examinándole el cuero cabelludo exhaustivamente –Usted tiene un pequeño hematoma y el dolor es producto del golpe, nada más –Diagnosticó.
-¿Lo ve doctor? ¡Un hematoma usted mismo lo dijo! ¡Me va a dar un derrame!
-No, no se preocupe es lo que llamaríamos coloquialmente un chichón, y de eso no se ha muerto nadie, le voy a recetar una cremita para que se la aplique tres veces al día y un calmante si hay dolor.
-¿Voy a estar bien?
-Si va a estar bien.
-Gracias doctor ¿regreso si no mejoro?
-Si claro pero no va a ser necesario.
Una semana después apareció en el consultorio de nuevo el hipocondríaco esta vez con un machucón en una uña lanzando gritos desesperados porque según él podría perder el dedo, nuevamente el médico lo atendió y prescribió lo usual en esos casos, el doctor lo recibía cada vez que venía a verle. Las visitas del hombre se hicieron más frecuentes y siempre presentaba un nuevo y terrible mal terminal que implacablemente se lo llevaría a la tumba si no contaba con la ayuda del profesional, él recetaba cuanto medicamento se le ocurría pero el hipocondríaco llegaba irremediablemente de nuevo a su puerta, así que no teniendo el hombre ninguna enfermedad real que se le tratase, y negándose a desalojar el consultorio si no se le recetaba algo, al médico no le toco otra cosa que apelar por los remedios de la sabiduría popular que si no lo curaban de nada por lo menos no afectarían su salud, y así un día lo mando a darse baños de asiento, y otro a hacerse una limpieza con jugo de naranja y sábila durante nueve días, o a tomar té de yerba buena con leche para dormir y cuanta cosa dicen las abuelitas que es bueno para esto o aquello, pero al cabo de unos meses el ánimo del médico que siempre había sido cordial y bonachón no era el mismo, tornose distraído y quejumbroso. Cada vez que veía al hipocondríaco le producía náuseas y dolor de cabeza, era como si el mal del cual hablaba aquel desventurado saltara como un bicho pegajoso sobre él y se le metiera muy hondo hasta los huesos, mientras el otro salía radiante por la puerta al terminar la consulta. Un buen día de esos soleados y frescos, apareció como de costumbre el hipocondríaco.
-¡Doctor es usted un ángel! –Exclamó eufórico –Ya me siento mucho mejor, es más ¡creo que podría decirse que soy un hombre nuevo! Y todo gracias a usted y sus benditos tratamientos.
-¿Ha si? –Contestó fastidiado el otro que ya venía dándose cuenta de que sus malestares aparecían con la presencia del hipocondríaco.
-Si doctor usted es el mejor médico que conozco, ¡y créame que conozco a casi todos los médicos de esta ciudad!
-Si claro no lo dudo –Dijo pensativo buscando en su mente al culpable de que el paciente hubiera ido a parar a su consultorio, por un momento se imaginó que si hacía que el hombre cambiara de médico se vería libre por fin de todas sus molestias, incluyendo las físicas –Lo estaba esperando –Dijo con aire grave –Tengo malas noticias que darle… -Sabía que lo que estaba a punto de hacer iba en contra totalmente del juramento hipocrático pero era su única oportunidad.
-¿Recuerda los últimos análisis que se le practicaron?
-Si claro, los recuerdo.
-Pues… verá, hemos encontrado que usted padece de una rara enfermedad que podría ser absolutamente fatal si no se trata a tiempo.
-No puede ser doctor, ¡pero si ya no me siento enfermo! –Gritó el hombre aterrado mientras el médico pensaba para sus adentros lo que iría hacer para desaparecer todos sus males.
-Pero aun así está enfermo, y me temo señor que ya no podré verlo más, no está en mis manos ayudarlo con ese tratamiento, debe usted ir en busca de otro médico que pueda tratarlo. –Dijo el doctor con la mayor seriedad que pudo, aunque por dentro sonreía de satisfacción al saber que la angustia se apoderaba del pobre diablo… infeliz… ignorante de la jugada que le estaban haciendo… por un instante el galeno vaciló… ¡No!, no podía ponerse blando ahora que estaba a punto de deshacerse de él, retomó la compostura y respiró hondo.
-Dígame… ¿Cuál es el nombre del último médico que lo vio antes de mí? –Pensó que le devolvería el favor al culpable de sus achaques.
-El Doctor Guerra.
-Mmm, pienso que él es el indicado para su caso –Y de un plumazo lo refirió a su colega.
El doctor Hernández dio por concluida la consulta así como su travesía de casi un año de estar recibiendo en su consultorio al portador de todos los males, y haciendo un movimiento brusco se sacudió “el bicho” que había llegado con él, -Hoy soy de nuevo un hombre libre- se dijo con la mayor de las sonrisas convencido de que por fin no volvería a toparse con el paciente, estaba tan contento que esa noche celebró como nunca e invitó a cenar a todo su personal. Rápidamente tal como lo había imaginado, recuperó su buen humor y excelente salud.
Unos meses después se apareció en su consulta un abogado que decía representar al doctor Guerra, este afirmaba que el otro médico estaba a punto de morir, y que no teniendo familia quería hacerlo acreedor de una pequeña herencia. El médico se imaginó que cómo mínimo le legaría sus colecciones de libros de medicina, o parte del mobiliario de su consultorio, lo conocía desde hacía años y sabía quera un viejo solterón que nunca había tenido hijos así que se alegró de hubiera pensado en él para que se hiciera cargo de sus cosas.
-Me parece bien –Dijo confiado- agradezca al doctor de mi parte..
-Perfecto, solo tengo una condición para que reciba la herencia que le dejará el doctor Guerra.
-¿Dígame cuál es?
-Que usted no valla a verlo en vida, pero que si asista a su funeral.
-Por supuesto, dígale al doctor que allí estaré, y que me dispense cualquier molestia que le haya podido causar.
Pasados dos días todo el gremio se vio de luto por la muerte del médico y el doctor Herrera debió cerrar la consulta para asistir al sepelio de su colega, se afeitó, se perfumó y se vistió con el traje negro elegante que tenía reservado para eventos especiales, durante el entierro el abogado se acercó para darle un pequeño sobrecito no sin antes pedirle que esperara a que todos se fueran para leerlo, así lo hizo, esperó hasta que el último de los asistentes se marchara, se agachó frente al féretro pensando que sería bueno decir unas palabras a su benefactor y reconocer su generosidad, así que se despidió de su colega con una lluvia de agradecimientos por haberle legado sus bienes a pesar del poco trato que tuvieron, se sentó en una de las sillas blancas de plástico que la empresa funeraria había dispuesto, respiró y abrió el sobre, este contenía una hoja de papel en la estaba garabateado en letra de médico:
“Apreciado colega, le devuelvo el favor que me hizo en vida, es todo suyo”
Y al instante “el bicho” saltó de entre las letras.

Autora: Alexandra Petrovic Jiménez
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